Identidad en movimiento: cómo migrar transforma quiénes somos con Yenny Medori
Seguro te han salido mil reels en Instagram o videos en TikTok que te pintan increíble eso de empezar de cero: mudarte de país, cambiar de carrera y convertirte en una “mejor versión” de ti mismo.
Pero, siendo honestos, ¿es tan fácil como lo pintan? ¿Vale la pena el esfuerzo? ¿Por dónde se empieza ese proceso?
Y lo más
importante es saber que: una cosa es migrar y otra es ir a vivir en un país
distinto al tuyo de forma temporal. Hoy en este espacio te comparto la historia
de Yenny Medori.
¿Por qué? A través de su experiencia se aprecia como la
migración y reinventarse no es darle al botón de reset: se trata de
evolucionar en medio de la incertidumbre.
La historia migratoria de Yenny Medori: tres migraciones, tres identidades en transformación
Yenny Medori es periodista, creadora de contenidos, comunicadora, redactora y locutora (Voice Over), pero hace poco descubrí que tuvo un alias en una empresa: “la mujer de fuego”.
¿Cómo así? Por su carácter y determinación. Yenny afronta los retos con todo: abriéndose paso exactamente como lo hace el fuego. Esta entrada comenzó con una pregunta a través de un chat en LinkedIn:
- P: ¿Cómo te sientes como migrante?
R: Nunca me había preguntado cómo me sentía como migrante ni cuáles habían sido realmente mis retos y mis logros, hasta que alguien más me lo preguntó. Y esa simple pregunta abrió algo que llevaba años en silencio. Me di cuenta de que, cuando la migración es forzada, como en mi caso y en el de millones de venezolanos, solemos callar lo que sentimos. No porque no duela, sino porque migrar exige sobrevivir. Y en modo supervivencia, las emociones se postergan.
He migrado
tres veces. En dos de esas migraciones salí de mi país, Venezuela...
- Primera migración: salir de Venezuela y enfrentar el duelo en la distancia
Crucé el puente Simón Bolívar hacia Colombia con dos maletas y mis dos hijos. Ese cruce no fue solo geográfico; fue emocional. Estuvimos dos meses y medio en Bucaramanga intentando sostenernos, pero no fue posible. En medio de esa incertidumbre, en marzo de 2017, mi papá murió de cáncer. Estaba lejos. No pude despedirme ni abrazarlo. Viví un duelo a la distancia, silencioso, incompleto. No hubo tiempo para llorar: al día siguiente había que salir a buscar trabajo o vender algo en la calle para garantizar el sustento diario. Aprendí a suprimir el dolor para seguir funcionando.
Finalmente,
tomé otra decisión difícil: regresar a Venezuela antes de quedar ilegal en otro
país. Volví en abril de 2017, en uno de los momentos más duros del país, con
protestas, represión, colectivos armados y un miedo constante en las calles.
Volver no significaba seguridad; significaba resistir. Aun así, fue la decisión
que tomé para proteger a mis hijos.
- Segunda migración: Perú, riesgos, aprendizajes y reinvención profesional
La segunda migración llegó en octubre de 2017. Esta vez el destino fue Lima, Perú, y por primera vez me fui sola. Dejé a mis hijos en Venezuela para que viajaran después con su papá, quien se quedó vendiendo todo lo que teníamos para reunir el dinero. No hubo despedidas físicas, solo mensajes. A mis hijos elegí abrazarlos sin lágrimas, transmitir fortaleza y no dejarles un recuerdo triste, aunque por dentro el dolor para ellos y para mí fuera enorme.
En Perú me
sentí acogida por amigos, pero también conocí los peligros reales de la
migración: viví situaciones de riesgo, desde compartir vivienda con una persona
con antecedentes por violación hasta enfrentar ofertas laborales que podían
haber terminado en trata de personas. Allí aprendí a confiar profundamente en
mi intuición, en ese sexto sentido que muchas veces es la única herramienta de
protección.
También
aprendí nuevos oficios. Fui mesonera, trabajé en limpieza y asumí cualquier
trabajo sin vergüenza, porque ningún oficio avergüenza. Soy periodista, y en
Perú tuve la oportunidad de ejercer mi profesión desde otro lugar: pasé de los
medios tradicionales a los entornos digitales. Tuve que reaprender mi oficio, y
eso amplió enormemente mi horizonte profesional.
Pasé seis
años en Perú. Nunca fue el país donde me imaginé envejeciendo, pero dejé
amistades que conservo hasta hoy, buenas referencias laborales y vínculos
profesionales que aún continúan. Allí también atravesé un diagnóstico
oncológico en plena pandemia, en 2020. El cáncer y el COVID postergaron mis
planes, especialmente el de migrar nuevamente. Recuerdo pensar que el tiempo se
había detenido, que no iba a salir nunca de allí. Pero el tiempo pasó. El
tratamiento terminó. Y aprendí que incluso cuando creemos estar atrapados, el
tiempo avanza.
- Tercera migración: Brasil como nuevo comienzo y reconstrucción familiar
La tercera migración fue distinta. Llegó con conciencia y con límites claros. Esta vez lo tuve claro: migrábamos juntos o no migrábamos. Ya no estaba dispuesta a irme sola ni a separarme de mis hijos. Cuando surgió la posibilidad de venir a Brasil, la decisión fue rápida. En pocas semanas estábamos cerrando ciclos, vendiendo lo que teníamos, sacando a los chicos de la escuela y ejecutando todo. La migración me enseñó eso: a decidir y actuar rápido. Puedo tener miedo, pero no me paralizo.
Brasil
significó otro comienzo: un nuevo idioma, volver a ser principiante, empezar de
cero otra vez. Pero también significó reencuentro familiar, estar cerca de mis
hermanas y la posibilidad real de que mi mamá pueda algún día reunirse con sus
tres hijas. Llegué en 2023 y hoy puedo decir que Brasil es el lugar donde me
siento y donde me veo para toda la vida.
Aquí me he
permitido explorar nuevos caminos, iniciar estudios en áreas distintas al
periodismo, desempeñar cualquier oficio sin prejuicios y seguir creciendo.
Brasil ha sido un país de acogida, de personas cálidas, respetuosas y gentiles.
Es un lugar donde me siento bienvenida y, sobre todo, donde me siento tranquila
pensando en el futuro de mis hijos.
Curiosamente,
fue aquí donde por primera vez me pregunté si emigrar había sido la decisión
correcta. Me pregunté si debí quedarme más tiempo en Venezuela, si debí
intentar otras alternativas. Pero entendí que esas preguntas no cambian el
presente. Hoy estoy aquí, y aquí estoy construyendo.
- Retos
emocionales y psicológicos de la migración
Migrar te sacude el mundo interior ¡y es una sacudida fuerte! Da igual que te hayas ido porque quisiste o por circunstancias complejas. Al final, lo que llevas en tu mochila: la actitud, las cicatrices de lo vivido y “la caja de herramientas personales” es lo que marca la diferencia cuando te toca ponerle el pecho a un país distinto.
Las
costumbres, los códigos de la gente, buscar y encontrar vivienda... En fin, mucho estrés
que se te mete en el cuerpo y se mezcla con todo lo demás: con cómo te percibe
el otro, con si logras conectar con quienes te rodean o te sientes más solo que
la una. Además, si te vas a un país donde hablan otro idioma se le suma la lucha
diaria por entender y que te entiendan.
Todo suma: lo que te pasa en el nuevo país se va entrelazando con quien eras antes de subirte al avión, y de esa mezcla va naciendo la persona que eres ahora. En la experiencia migratoria de Yenny se sienten retos emocionales y psicológicos como:
- Separación familiar
- Inseguridad y vulnerabilidad
- Enfermedad lejos del hogar
- Inestabilidad económica
- Miedo constante y decisiones rápidas
- 2. Identidad en movimiento: cómo migrar transforma quiénes somos
Elegir dónde estar y definir quién eres no es fácil... De hecho es más complejo de lo que pensamos y en la migración pesamos a diario en estas cosas.
- La identidad no se pierde: se expande
La migración nos expone a diferentes expectativas sociales, valores culturales y formas de interactuar, lo que da lugar a diversas percepciones sobre la propia identidad e impulsa el crecimiento personal.
Tal vez el choque más grande de la identidad aparece en el marco laboral: "soy cineasta, era cineasta, ahora estoy trabajando en el área de control de calidad (QA)..." Sin embargo, como dice Yenny "desempeñar cualquier oficio sin prejuicios y seguir creciendo" es parte del desarrollo de una faceta de la identidad: inmigrante.
- El migrante
como aprendiz permanente
Las personas debemos seguir aprendiendo a lo largo de toda nuestra vida. Yenny inició estudios en áreas distintas al periodismo y además aprendió un idioma distinto al suyo para adaptarse.En general, hay dos razones principales por las que algunas personas tienen más éxito, no solo en el proceso migratorio sino en la vida:
La primera es que están aprendiendo cosas nuevas todo el tiempo.
Y la segunda, que están abiertas a aprender cosas nuevas.
El aprendizaje se vuelve un requisito indispensable en la migración: no solo a través de la educación formal, también con experiencias de autoaprendizaje como leer, escuchar podcasts, explorar nuevos hobbies, trabajar en proyectos personales o rodearte de personas que saben más que tú.
- Elegir dónde estar como acto de autonomía
Elegir dónde estar con autonomía significa moverte por la vida a tu propio ritmo: tomar decisiones que realmente van contigo, manejar tu trabajo, tu día a día o tus espacios sin depender de otros. Es poner límites, hacerte responsable de lo que eliges y optar por lo que de verdad te interesa, no por lo que el mundo te presiona a hacer.Yenny expresa con claridad esta idea: "Hoy estoy aquí, y aquí estoy construyendo."
Conclusión: Migrar no es fácil, pero sí transformador
Hoy, cuando le preguntan a Yenny cómo ve la migración, ella responde:
"No es fácil, no es romántica y no es justa. Mis retos fueron sobrevivir, separarme, enfrentar el peligro, la enfermedad y la incertidumbre. Mis aprendizajes fueron la humildad, la intuición, la capacidad de adaptación y la firmeza para decidir. Migrar transformó mi identidad: no me quitó quién era, la expandió. Me convirtió en alguien que sabe empezar de nuevo, que no se paraliza por el miedo y que hoy puede decir, con convicción, que ha elegido dónde estar."


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